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Los visigodos eran un pueblo germánico del grupo de los
godos. Su presencia en Hispania data del año 416, cuando como federados de
Roma acudieron para combatir a los suevos, vándalos y alanos, que se habían
asentado en diversas regiones del territorio peninsular. Tras esta
intervención, firmaron un acuerdo con Roma y se establecieron en el sur de
las Galias, donde crearon el reino de Tolosa (en Toulouse). Más tarde
regresaron a la Península con funciones de carácter militar iniciándose su
asentamiento en estas tierras. Pero la afluencia masiva de visigodos hacia
la Península se produjo después de la derrota sufrida frente a los francos
en la batalla de Vouillé (507). Existe unanimidad entre los diversos autores
que estudian el tema al afirmar que el asentamiento de la gran masa popular
visigoda se produce en una región que tiene como centro la provincia de
Segovia. Esta afirmación se basa en el análisis de las necrópolis con
materiales del arte industrial visigodo de los siglos V y VI. Los ajuares de
las tumbas de estas necrópolis se componen fundamentalmente de adornos
personales: fíbulas, broches de cinturón, brazaletes, anillos... En la
provincia de Segovia, donde se hace más densa la agrupación de estas
necrópolis, tenemos numerosos ejemplos conocidos desde los primeros momentos
de la investigación arqueológica visigoda. Sobre el número de visigodos que
se asentaron en la Península existe un general acuerdo en cuanto a que el
nuevo aporte étnico es muy pequeño respecto a la población hispanorromana.
Las discrepancias surgen al precisar la cantidad. En 1945, Reinhart afirma
que entre ochenta mil y cien mil visigodos se asentaron en la Península
Ibérica. Argumenta que el número no pudo ser mayor debido a que una
considerable parte de los campesinos godos prefirieron permanecer en tierras
galas bajo dominio franco. Además, fue necesario que otro grupo permaneciese
en la Narbonense por motivos de seguridad.
Mucho más recientemente, Orlandis (1987) se inclina por
una cifra aproximada a los doscientos mil individuos, reduciendo al mínimo
el número de campesinos que permanecieron bajo dominio franco. Esta cifra
incluiría a los individuos establecidos en la Narbonense. En total, el nuevo
elemento étnico supondría el 4 o 5% de la población peninsular de esta
época, estimada en cinco millones.
Los visigodos que llegan a nuestras tierras son gentes
dedicadas fundamentalmente a la ganadería y a la agricultura. La clase
dirigente se instala en ciudades como Toledo, Mérida o Barcelona.

Vasija de la necrópolis de S.
Miguel de Neguera (según Molinero, 1971)
En Sebúlcor existe una
necrópolis visigoda en la aldea abandonada de San Miguel de Neguera de la
cual D. Antonio Molinero Pérez, pionero de la arqueología segoviana, escribe
lo siguiente:
«En la jurisdicción de dicha aldea, a unos 800 metros en
línea recta al sur del pequeño núcleo de población, cerca de la Presa del
Barrio, a la derecha del rió San Juan y a pocos metros del mismo, en el
fondo del valle por el que discurre, y próximo al vértice que forma dicho
río con la mojonera que desde el río y dirigiéndose hacia el este y luego al
noroeste, separa los términos de Sebúlcor y Villar de Sobrepeña, existe una
tierra de labor (...) en la que, arando (...), aparecieron piedras que
tapaban algún esqueleto, cuentas de collar, alguna hebilla de bronce y algún
anillo, hace años, sin que a los enterramientos ni a los hallazgos se les
diese entonces la menor importancia».
Esta noticia se la comunica a Molinero Don Gregorio Fisac,
Inspector Municipal Veterinario de Segovia. Veinte días más tarde recibe una
carta del Doctor Salvador Heredero, Médico de Asistencia Pública
Domiciliaria de Sebúlcor, quien le comunica que «habían aparecido -en aquel
término municipal– restos abundantes de esqueletos humanos, sepulturas
enfosadas, restos de alhajas –pendientes, pulseras, anillos, etc.- que hacen
sospechar que los hallazgos bien pudieran ser en gran cantidad».

Brazaletes de la necrópolis de
S. Miguel de Neguera (según Molinero, 1971)
A través de Don Salvador recibió Molinero los siguientes
materiales: «dos fíbulas laminiformes de arco, de cobre, plateadas, grandes
(unos 215 milímetros de longitud total y 76 milímetros de anchura máxima la
placa del resorte), rota la placa del sujetador de una de ellas, de bordes
casi paralelos, con palmetas claveteadas, decoradas con siete grupos, cada
una, de tres líneas incisas, o radios, cada uno de los grupos; un pendiente
roto, e incompleto, de bronce, con glande de bronce macizo de forma cúbica
decorado con un círculo y un punto inciso en cada una de las cuatro caras
laterales, truncados los ocho vértices; un brazalete de bronce, abierto, de
sección sensiblemente circular, decorado con incisiones en los extremos, y
otros tres fragmentos de un brazalete similar, también de bronce con
incisiones en los extremos y sección un tanto aplanada; un trozo de hierro;
una vasija de barro, incompleta, de fractura reciente, a torno, barro negro,
tosco, con gruesos granos de cuarzo, de 82 milímetros de altura por 78 de
diámetro, aproximadamente, en la boca, 92 milímetros en la parte mas ancha
de la panza y 44 milímetros en la base; y un fragmento de mandíbula inferior
humana».
Y añade Antonio Molinero: «Ante estos objetos confirme mi
suposición de que se trataba de una necrópolis visigoda, y me hice el
propósito de visitar lo antes posible el lugar de los hallazgos (...)».
En esta visita,
realizada días más tarde, establece, lo primero, los límites de la finca que «linda
al norte y al oeste con tierras de los señores de Cossío (por las que,
probablemente, se prolongará la necrópolis), y al sur y al este, con lastras
del término del Villar de Sobrepeña; al norte también, el barranco de la
presa, y al norte y al oeste de la finca, dos enebros, en sus linderos
permiten orientarse desde lejos».

Fíbulas de la necrópolis de S. Miguel de
Neguera (según Molinero, 1971)
Molinero encontró restos
de siete sepulturas y noticias de tres más: «Las
sepulturas se encontraban a escasa profundidad, en la parte más alta de una
pequeña prominencia que hace la finca, y alguna mayor profundidad más hacia
el río, como consecuencia de los corrimientos de tierra originados por las
lluvias orientadas con la cabeza hacia poniente y los pies hacia saliente,
viéndose todavía muchos restos humanos esparcidos por el suelo». La vasija de barro
apareció en la sepultura a la que Molinero asigno el número 2, en la que se
encontraron, además, «algunos huesos». Los
brazaletes, las fíbulas, el pendiente y el trozo de hierro aparecieron en la
tumba número 8. Acabada la visita, se ordena la explanación de los hoyos para
dejar «la finca como estaba y sin volver a cavar en ella».
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