Ante tus ojos tienes un extraordinario trabajo sobre como transcurría
la vida en el convento franciscano de Nuestra Señora de los Ángeles de la
Hoz y de como fueron sus últimos días, realizado por PEDRO HERNANDO, uno de
los mas fervientes entusiastas de este antiguo lugar de culto y, a la vez,
uno de sus
mayores estudiosos, tras interminables horas de búsqueda de datos en numerosos
archivos de toda España. El texto sale a la luz pública por primera vez en
"La Web de Sebúlcor" y solo nos queda decir:
Gracias, Pedro.
El precipitado final
Decreto de
25 de julio de 1835, artículo primero: “Los monasterios y conventos de
religiosos que no tengan doce individuos profesos, de los cuales las dos
terceras partes, al menos, sean de coro, quedan desde luego
suprimidos..........”. Aquí termina la historia de un Santuario mariano
y Convento de frailes franciscanos que existía en diversas formas nada menos
que desde 1231 y cuyo nombre completo era de “Nuestra señora de los Ángeles
de la Hoz”. Lo habitaban en el momento de su cierre cinco frailes y su
número, como en el resto de los conventos había venido descendiendo en los
últimos años, a consecuencia en buena parte de las repercusiones en las
órdenes religiosas de las convulsiones políticas de la época. En 1820 debía
tener al menos 12 porque no fue suprimido por el Decreto de ese año, y el
número habitual de frailes que tenían en él su residencia en épocas
anteriores, por lo menos hasta comienzos del XIX sería de entre veinte y
treinta. De todos modos, ya en octubre de 1809 tuvieron que abandonar los
frailes el Convento durante cinco años como consecuencia del “Decreto de
Napoleón” de 19 de agosto de expulsión de las Ordenes religiosas.
Entre el
25 y el 30 de agosto de 1835 se cierra definitivamente y el último apunte
que registra el Libro de Cuentas, el día 25; es: “9 reales...para un mazo
de cigarrillos”. El día 30 de agosto las autoridades políticas ya se han
incautado de las llaves de las dependencias y están haciendo inventarios en
presencia del Padre Guardián (el Superior) del Convento, Fray Juan Soto,
recién nombrado en 1835, aunque ya había ocupado el cargo con anterioridad:
“...Se inventarió una Libreria compuesta de estantes de madera que
comprende treinta y siete nichos, en los que contados se hallan, mil
doscientos sesenta y tres volumenes de libros, antiquisimos en pergamino, y
algunos en tabla, de los quales como una tercera parte son de tomo en folio,
y los restantes en medio folio y quarto... los quales se quedan en la misma
habitacion Biblioteca vajo su llave. Convento de Nª. Sª. de los Angeles de
la Hoz. Treinta y uno de Agosto mil ochocientos treinta y cinco...”

El
artículo 5º del Decreto citado disponía el traslado de los frailes de los
conventos suprimidos “a casas de su orden que designaran los respectivos
prelados superiores, a las que podrán llevar consigo los muebles de su uso
particular” Los cinco frailes marchan al Convento de Segovia donde
estaba situada la Curia, la Casa central, de la “Provincia de la Purísima
Concepción”, Provincia a la que pertenecía el convento dentro de la
Organización de la Orden de los Franciscanos (“La Regular Observancia de
Nuestro Padre San Francisco”). La verdad es que fueron a Segovia por poco
tiempo, puesto que al año siguiente fueron suprimidos por el Decreto de
Mendizábal la totalidad de los conventos de religiosos en España. Los “muebles
de uso particular” eran los que cada religioso podía tener en su celda.
Todavía el
2 de agosto de ese año “...que se gana la Indulgencia de Porciúncula; y
es el propio en que se reza de Nuestra Señora de los Angeles como Titular y
Patrona....” se celebró por última vez en el Convento la fiesta más
importante del año, la de la Porciúncula, con la romería a la que
habitualmente acudían personas “...de larga distancia atrahidos de la
devoción a esta Señora”. En su última época, eran los frailes del
Convento los que prestaban el Servicio Religioso en la Parroquia de Sebúlcor
(el Curato).
A partir
de su cierre sus objetos se venden, se ponen a disposición del Obispado para
su distribución por las parroquias cercanas o, en su caso, de la “Comisión
Artística Provincial” para su integración en algún museo o biblioteca. El
edificio mismo con la iglesia es vendido también. El Órgano barroco lo
adquiere la Parroquia de Fuentepiñel en 1842 tras completar un prolijo
expediente de autorizaciones eclesiásticas y civiles y dejando constancia
detallada de los gastos de las operaciones de traslado reparación y montaje,
entre los que se incluyen los correspondientes al “...jornal de los mozos
que se llevaron para sacar las piezas a hombros fuera de las peñas...”;
el Púlpito de la Iglesia con un escudo con la “Tau” franciscana se lleva a
la de Sebúlcor; un retablo de la Iglesia a la de San Pedro de Gaillos; unas
pinturas del Siglo XV traídas de Roma terminan en manos privadas ...

Y, cada
vez más deteriorado el conjunto del convento en sí, la Iglesia, resto de
dependencias y muros exteriores,...hasta hoy en día...en que no hemos sido
capaces no ya de restaurarlo, sino ni siquiera de consolidar las ruinas para
hacer que pueda permanecer estable, sin más derrumbamientos, cuando menos la
estructura del contorno de las paredes, y así permitir a futuro con su
vista, mantener vivo el recuerdo y conectar con el espíritu de ese centro de
espiritualidad, trabajo y lugar de peregrinación que fue, en esa
espectacular ubicación en que se encuentra.
La Provincia Franciscana, el Convento y los Patronos
Pero, ¿Qué
hacían?, ¿A qué se dedicaban? ¿Cómo vivían los cerca de treinta frailes que
al menos en el Siglo XVIII habitaban en el Convento?. Hay que imaginarse de
todos modos hoy cuando observamos sus ruinas, a treinta personas ocupando,
haciendo vida en el lugar, transitando por las dependencias y moviéndose por
los alrededores, por la huerta, por las riberas del río, por los caminos.
El
Convento, pertenecía a la Orden de los llamados Franciscanos Menores
Observantes, de hábito marrón, la que fundó San Francisco de Asís en Italia
a comienzos del siglo XIII y que era, entre las Órdenes religiosas la que,
con mucha diferencia mayor número de miembros tenía, de tal manera que, si a
comienzos del siglo XIX había en España unos 50.000 religiosos, un 40 por
ciento eran franciscanos. La densidad de población religiosa era entonces
muy notoria y muy superior a la que hemos conocido hasta la crisis de
vocaciones de los últimos lustros; hoy en día el número total de religiosos
en España no llega a 6.000.
Los
frailes de nuestro Convento, se dedicarían, dicho de un modo general, a la
búsqueda del contacto con lo trascendente a través del camino espiritual de
la Regla franciscana, el desapego y la pobreza, el desprendimiento, la
oración, el silencio y la vida estrictamente ordenada. Asimismo al estudio
de materias religiosas, filosofía y teología y a las labores de apostolado
en la instrucción religiosa del pueblo a través de los servicios de la
confesión y la predicación; asimismo por supuesto a las necesarias para la
intendencia del Convento. El “Ora et labora” que esculpió San Benito.
No era
ciertamente el Convento de la Hoz uno de los “importantes”; en principio era
uno más entre los casi 40 que formaban la Provincia franciscana de la
Purísima Concepción, cuya demarcación abarcaba más o menos las actuales
provincias de León, Valladolid, Palencia, Soria, Segovia y Ávila. No era
según datos de 1780 una de las tres “Casas grandes”, las de Valladolid,
Segovia y Palencia ni formaba parte del grupo de otros con mayor prelación
jerárquica como eran los de Ávila, Rioseco, Medina del Campo, Soria, Arévalo
y Peñafiel. Pero, considerando como muy probablemente cierta su fecha de
fundación en 1231, solamente dos conventos le precedían en antigüedad, el de
Almazán (1213) y el de Arévalo (1214). El de Peñafiel se fundó, en 1260, el
de Cuéllar en 1400 y el de la Villa de Fuentidueña en 1499; en el siglo XV
se fundaron gran parte de los Conventosen Castilla. Su verdadera importancia
radicaba en ser un Santuario Mariano, lugar de convocatoria de fieles y
custodio de una venerada imagen de la Virgen.
En las
principales poblaciones había convento de la Orden franciscana; los más
próximos al nuestro eran: Fuentidueña, Cuellar, Peñafiel, Segovia, Ayllón,
Aranda. En general la fundación y mantenimiento de un convento estaba ligada
a la relación con alguna familia del estamento nobiliario que contribuyera a
su financiación; serían los Patronos: Montijo en el de Fuentidueña,
Alburquerque en el de Cuéllar, y en el de la Hoz, Proaño, de Sepúlveda, más
tarde con el nombre de Artacho; si bien el Patronato de la familia Proaño,
en la Iglesia del de la Hoz no dio comienzo hasta 1587.

La figura
del Patrono era de singular relieve en los conventos y edificios religiosos
viniendo a representar la vinculación de la sociedad civil con los valores
religiosos sostenidos por la Iglesia. La cabeza de la sociedad civil
manifestaba de esta manera su fervor religioso sirviendo de referente y
modelo al pueblo, siempre dentro del esquema da la organización social
estamental de la época. Los Patronos tenían entre otros, derecho a insertar
en las paredes sus escudos de armas, prelación en las ceremonias religiosas
y en general Panteón en el interior de la Iglesia como sucedía en el de la
Hoz en el que además el Patronato obligaba a los frailes a ir a Sepúlveda a
recoger los cadáveres de los Patronos y darles sepultura en la Iglesia..
Reseñable en lo que respecta a nuestro Convento es el hecho de que los
descendientes de los Patronos, que hoy en día son la familia Lara de
Sepúlveda no han perdido su vinculación con su historia y con la Virgen de
la Hoz y han continuado hasta hoy preservando la imagen y sosteniendo la
devoción y el culto.
Cada
Convento de la Orden tenía su propia demarcación, su propio ámbito
geográfico de actuación, con sus pueblos adonde los frailes iban para los
servicios religiosos y los encargados de ello, los limosneros, a pedir
limosnas, debiendo siempre respetar estrictamente cada convento sus propias
fronteras. El área de actuación del nuestro cubría el entorno de Navalilla,
Los Castros, Urueñas, Sepúlveda, Pedraza, Turégano, y Cantalejo, y de los
pueblos de ese entorno procedían los encargos de misas por las almas de los
difuntos y en ellos los frailes ejercían su ministerio apostólico en las
solemnidades. Aguas abajo del Duratón eran los de Fuentidueña y Peñafiel los
conventos franciscanos que ejercían su influencia
El Convento de la Hoz, Santuario Mariano
Dos son
los aspectos que hacían completamente singular al Convento de la Hoz:
primero, el lugar de su ubicación, en lo profundo del Cañón del Duratón en
un sitio de muy difícil acceso y a quince kilómetros de la población
importante más cercana, y segundo, el hecho de ser un Santuario Mariano
donde se custodiaba y veneraba la imagen de nuestra Señora de la Hoz, en
razón de su aparición a un pastorcillo y de los milagros que a la Virgen se
le atribuían; milagros detalladamente investigados y finalmente registrados
oficialmente en 1645, todo conforme al procedimiento por la Iglesia
establecido, con la definitiva aprobación del Tribunal Eclesiástico de la
Diócesis, y con el nombramiento por la autoridad eclesiástica como Juez
comisionado del “Licenciado Lucas Lopez Loarte, Cura Rector de la
Parroquial Iglesia de la Villa de Cantalejo”

Por el
hecho de ser un Santuario de gran devoción, era objeto de visitas constantes
y en ocasiones multitudinarias de peregrinos. En la actualidad una
referencia cercana la tenemos en el Santuario de la Virgen del Henar próximo
a Cuéllar, en cuanto lugar de convocatoria y constante visita de devotos,
para poder imaginarnos mejor lo que debió ser el Santuario Mariano de la Hoz
en su esplendor, y en lo que se refiere a Sebúlcor particularmente lo que
supondría el necesario paso por el pueblo de peregrinos, camino del
Convento.
El Camarín
de la Virgen en la Iglesia debía conservar numerosas joyas, regalo de
devotos más o menos ilustres, pues dice Felipe Vazquez, testigo en tiempos
del Convento: "Adornan a expensas de los devotos a esta Imagen soberana
preciosos vestidos: Los más son de Tysu, y las costosas preseas se pueden
cubrir de ricas joyas, las más de oro: Y quién contará los Diamantes,
Perlas, Emeraldas, rubies malaquitas, &c. esmaltadas con primor, y algunas
con láminas dentro de diestro pincel?”. ¿A dónde fueron a parar todas
estas joyas tras la expulsión de los religiosos?.
Un
documento de 1836 recoge los: “Gastos ocasionados por la traslación de
dos candeleros una lámpara de plata y una sortija llamada de diamantes desde
el convento de la Hoz a poder del comisionado principal de esta Provincia y
posteriormente a Madrid, un mozo, dos miqueletes que le custodiaron, una
mula, durante cuatro días”. Probablemente los mismos objetos que en
Febrero de 1821 tuvieron que vender los frailes, y: "Con cuyas cantidades
se hizo pago a la testamentaría del difunto Síndico" y que se
recompraron en Octubre de 1825, anotándose en el “Libro de recibo de
maravedís”: “para recobrar la Plata que se llevaron los herederos del
hermano Síndico”.
Un libro escrito por un “morador del Convento”
El hecho
de ser un Santuario de devoción popular nos ha traído en suerte el poder hoy
en día disponer de un libro escrito por alguien que vivió en el mismo
Convento: el conocido libro de Fray Felipe Vázquez publicado en 1786:
“Historia de Nuestra Señora de los Angeles de la Hoz. Cronología de los
tiempos, de su duración, y vicisitudes de este Santuario hasta el presente
Siglo”. No es frecuente encontrar un libro con la historia y modo de vida de
un Convento como en este caso, escrito antes de la exclaustración y por
alguien que en él vivió, y no se hubiera publicado si no fuese porque, tal
como en las autorizaciones del comienzo se dice: “...no puedo menos de
prometerme mucha utilidad para las Almas en la publicación de esta obra, y
por consiguiente...Juzgo que merece que V.S. Illma. conceda à su Autor la
licencia que solicita...” ( del dictamen del Censor, Fray Buenaventura
Ordóñez).

“Es un
buen libro para la época” dice D. Antonio Linage (un verdadero lujo tener en
nuestro contorno una persona de tal prestigio, erudición, y sobre todo
talante humano). Un libro, el de Fray Felipe, que para la historia de los
tiempos menos lejanos se fundamenta en general en documentos que hoy en día
pueden ser localizados en los archivos lo que nos permite con arreglo a la
mentalidad de nuestros tiempos, más ceñida a la precisión del dato, poder
“fiarnos” también de aquella información que aporta como producto de su
propia observación mientras vivió en el Convento o de la basada en
documentos o incluso libros no fácilmente localizables que él cita. Y con
todo lo que él recoge, podemos hacernos una buena idea y tener una sensación
de cómo era el lugar, la vida y el espíritu de los que allí vivían.. Por
cierto muestro autor aparece por el año 1782 firmando en los libros de
“Recibo y Gasto de maravedís” como uno de los “Discretos”, es decir, miembro
de la correspondiente comisión gobierno del Convento.
Un entorno diferente del actual
Debemos
imaginarnos de todos modos los alrededores del Convento en la situación
anterior a la construcción de la Presa del Burguillo en 1925, con el río
discurriendo por su cauce con unos espacios de riberas similares a los que
podemos hoy en día ver río arriba a partir de la zona donde termina el
embalse. Además es necesario que pensemos que no era posible el acceso al
Convento con carruaje alguno, puesto que ni a través las riberas del río
había camino por el que pudiera transitar un carruaje;;
de hecho el camino de acceso al Convento en su trayecto a lo largo río se
llamaba “la senda de los frailes”. Un camino más ancho, del que aún
se pueden observar trazos, no fue hecho hasta muchos años después de haber
sido abandonado el Convento. El traslado de materiales, comida y aperos
debía hacerse por tanto con caballerías bajando por el acceso actual al río
desde el Portillo de la Pez. Esta localización en la profundidad del cañón,
es inusual respecto de la normal ubicación de los Conventos, pues lo normal
era que estuviesen situados dentro, o más comúnmente, a las afueras
(“extramuros”) de poblaciones importantes. Pero es que en el caso del
Convento de la Hoz, no se trataba de elegir el lugar, porque éste ya venía
dado por ser el sitio donde se creía haberse aparecido la Virgen.

Tratando
de reconstruir lo que era el contorno del Convento en los últimos tiempos,
sabemos que existía enfrente un puente que tenía tres muros, uno en el cauce
y dos en las orillas y tablones de madera en la superficie y que permitía el
acceso a la otra vertiente del río y allí una fuente llamada “de los
Puentones.” Había en el río a la altura del Convento una pequeña presa con
un canal para el riego de la huerta y en tiempos para la captura de peces
por medio del “butrón”, y por tal motivo objeto de fuertes disputas con el
Ayuntamiento de Sepúlveda y el Priorato de San Frutos, quienes pretendían su
demolición por juzgar que contravenía la nueva normativa en materia de
regulación de la pesca, haciendo una abusiva explotación que dejaba escasos
peces para el resto. También tenían los frailes una noria, una pobeda con
cerco y en las proximidades había una “nevera”, un pozo donde se almacenaba
nieve.
Junto al
río había una pradera de lirios, hierbabuena perejil, romana, y también
nogalas. El río, según los relatos de la época, en tiempos de lluvias y
deshielos era caudaloso y nada remansado, y así debía ser por los desniveles
que debe salvar, con grandes peñascos en bastantes puntos del cauce donde la
rapidez del agua producía un fuerte ruido; de hecho, en 1799 el Guardián del
Convento solicita al Rey les socorra para reparar el canal y la presa
destruidos por la riada. Gran contraste el río de entonces con la imagen
actual donde la balsa de agua de la presa produce esa sensación de inmediata
quietud bien diferente de la que provocaría el río discurriendo en invierno
con rapidez, y flanqueado por árboles y praderas.

La senda
que por la ribera del río daba acceso al Convento desde el Portillo de la
Pez, tendría su continuación hacia abajo, llegando por ella el Batán que se
encontraba junto al río, más o menos a la altura de San Frutos, y frente al
cual había un puente que se llamaba “de los espigones”; al Batán se llevaban
las telas para ser enfurtidas mediante sus mazos movidos por la energía
hidráulica. Según relatan personas ancianas que conocieron el cauce del río
antes de la construcción de la Presa en 1925, D. Francisco Zorrilla Arroyo,
propietario de los terrenos ribereños del río y propietario a su vez del
Convento después de la exclaustración encargó la construcción de un camino
desde el Convento hasta el Batán, camino por donde como decimos transitaba
entre otros con sus ganados, el batanero para recoger y llevar las telas
hasta Cantalejo y otros lugares. Otro dato interesante es que el paso entre
las peñas a la altura de donde se encuentra el dique de la presa del
Burguillo fue anchado cuando se construyó en 1925, porque antes según
documentos era tan estrecho que “...y aún en medianas crecientes el río
lo coge todo de peña a peña y no se puede pasar sino a caballo...”.
El quehacer de los frailes
La vida
dentro del Convento transcurría, entre el estudio, el trabajo y la oración;
ciertamente tal cual sucede hoy en día en muchos Monasterios o Conventos,
salvando eso sí la distancia entre modos de vida diferentes por razón de las
diferentes épocas, siendo en general más austera y rigurosa aún que la de
hoy en día. Más de seis horas al día, comenzando de madrugada, estarían
dedicadas a las funciones religiosas y al rezo: Maitines, Laudes, Misa
conventual, Tercia, Nona, Vísperas y Completas. El Oficio divino estaba
estrictamente regulado en documentos como el “Compendio de las Ceremonias
que se deben observar en esta Santa Provincia en Choro, refectorio y otros
actos de Comunidad dentro y fuera de los Conventos”.
Un
responsorio cantado, en modo gregoriano como la generalidad de lo cantos del
convento, y específico de los Franciscanos era, y es, “La Benedicta”, en
honor de la Virgen, que según un Ceremonial del Siglo XVIII: “...se canta
todos los viernes, cuando en el sábado no fuese fiesta doble o de guardar, o
día de Nuestra Señora o infraoctava de la misma Virgen; o cuando fuese
octava de Pascua...La Benedicta se ha de decir después de Completas
concluido Paternoster Ave María y Credo...Dos cantores hacen el oficio y
ambos encomiendan la primera antífona al que hace el Oficio en la Hebdomada,
y habiéndola dicho entonan el salmo Domine Dominus Noster...” Así de
preciso es todo, hasta el “Modo y tiempo de tocar las Campanas”
estaba precisamente regulado. Por cierto, las campanas de los Conventos
fueron unos de los objetos más codiciados por el Gobierno en tiempos de la
exclaustración y desamortización para fundirlas rápidamente y convertirlas
en piezas de guerra contra los carlistas.

Los
frailes, en general mas instruidos que los curas seculares, (su formación
era muy especializada y continuaba, exámenes incluidos, a lo largo de su
vida), se encargaban de predicar y confesar en las Semanas Santas, Navidad,
Fiestas Patronales, y otras grandes festividades, en pueblos situados en su
demarcación, por lo cual recibían el estipendio que correspondiese, y su
asistencia se concertaba de manera formal con el cura y Ayuntamiento del
pueblo. Así, en 1762, se hizo escritura pública entre el Convento, el cura y
Concejo de Urueñas para que “para siempre jamás quedase entablada la
Semana Santa con los comunes sermones que en ella se predican...por cuia
limosna se habrán de dar cien reales anuales y lo que produjese el Padrón
que se ha de hacer de trigo entre noventa labradores y algunos otros vecinos
de que se compone el pueblo, como también la limosna de tozino ...”
La organización
La
Organización interna del Convento era muy precisa y venía regulada en las
“Constituciones Municipales de la Provincia”. Al frente estaba el Padre
Guardián ayudado de los “Discretos” en número de cinco más o menos; había
varios otros cargos, uno de los cuales era el “Camarero”, encargado del
vestido, adorno y cuidado de la imagen de la Virgen. La organización
recogida en las normas requería la llevanza de numerosos libros de registro:
“Libros de elecciones de Guardián”, “Libros de recepciones”, “Libros de
Bienhechores”, “Libros de apuntaciones”. “Libros de difuntos”, “Libros de
Memorias”; “Libros de Granos”, Libros de Recibo y de Gastos de maravedis”,
“Libros de Visitas”, Libros de Misas “Libros de Patentes”, etc. Todos estos
debían guardarse en el archivo: De éste se decía: “Habrá en cada Convento
Archivo inserto en pared maestra y en parte muy segura, con dos llaves de
las cuales tendrá una el Guardián y otra el Discreto más antiguo...”.

El
Capítulo de la Provincia se celebraba cada cuatro años, y en cada dos había
una Congregación intermedia. A ellos asistían los Guardianes y otros cargos
de la Provincia, y la convocatoria se hacía mediante la correspondiente
“Patente” del “Ministro Provincial”, debiendo enviar los Conventos las
“Cartas Cuentas”, y múltiples certificaciones de todo tipo para verificar
que se habían cumplido las disposiciones, por ejemplo de haber hecho los
ejercicios espirituales, o de haber examinado a los alumnos. Las patentes,
escritas a mano iban circulando de Convento en Convento, por las llamadas
“veredas” y así las que llegaban al de la Hoz venían del de Fuentidueña y a
éste desde Peñafiel, escribiendo en el mismo documento una vez leído: “Leyose
en plena Comunidad en este Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de la
Hoz en xxx”.
Al menos
una vez cada cuatro años el Ministro Provincial debía visitar cada Convento,
escuchar a cada fraile en privado y revisar y firmar los libros de registro.
El mantener una organización en la Provincia, con cuarenta conventos y
alrededor de 1.500 religiosos, cuando todas las instrucciones comunicaciones
entre la sede de la Curia y los conventos, tenían que ir llevadas a pié o en
caballería, era una labor que requería una estructura organizativa muy bien
definida.
El
Convento de la Hoz, siguiendo las normas propias de la Orden Franciscana a
la que pertenecía, no podía poseer propiedades, y la subsistencia de los
frailes debía proceder principalmente de las aportaciones de los fieles; la
pobreza era el camino espiritual propio de la Orden y esta forma de vivirla
era un carisma propio. No eran las rentas de sus propiedades lo que
proporcionaba los recursos para mantenerse, como sucedía en las Órdenes
monásticas, de las que la presencia más cercana al Convento de la Hoz era el
Priorato de San Frutos dependiente del Monasterio de Silos, de la Orden
Benedictina, que era el titular del cauce del río y de todas las tierras que
circundaban el Convento.
Las
aportaciones de los fieles eran principalmente por encargos de misas a
celebrar por los frailes en el Convento en memoria de difuntos o por las
obligaciones de los vivos; también recibían estipendios por otros trabajos
apostólicos remunerados como los entierros o las predicaciones en los
pueblos en las Semanas Santas o días festivos; asimismo el “hermano
limosnero” se encargaba de recorrer las “veredas” pidiendo limosna en
especie en los pueblos de los alrededores. Y como era costumbre y tenía
asignados beneficios religiosos el vestir a los difuntos con el hábito
marrón franciscano, se encargaba el Convento de proporcionarlos, sirviéndose
para ello de los hábitos usados, y percibiendo por cada uno 44 reales (los
franciscanos de la Provincia de la Purísima Concepción tenían su propia
“fábrica de sayales” en Palencia donde producían las telas de su propio
vestuario). De todos modos los ingresos eran en la práctica contractuales y
se generaban de manera regular pues los encargos de misas, principal fuente
de recursos, tenían un gran carácter de permanencia al proceder en general
de legados testamentarios o de fundaciones en que para el cumplimiento del
pago periódico por las misas se vinculaban fincas o bienes en los propios
testamentos.
Otro
instrumento para preservar el espíritu de pobreza, característico de la
Orden franciscana era la figura del “Síndico Apostólico” Era éste una
persona externa a la orden, generalmente civil, y que se encargaba en cada
convento de la administración económica, de tal manera que los cobros y los
pagos debían hacerse a través suyo, y él era quien representaba al Convento
en cuantos asuntos económicos había que resolver, ya sea en el cobro de las
deudas por las misas establecidas, como en las compras y ventas de
propiedades, ejerciendo asimismo la representación en los tribunales para
todos los asuntos económicos. Era esta una manera de vivir en una actitud de
desapego separándose del control y de la posesión o acumulación de bienes y
ciñéndose en la vida diaria al espíritu de pobreza establecido. Los últimos
Síndicos del Convento de la Hoz, fueron, Don Francisco de Antonio y
Contreras, vecino de Guijar Don Antonio Barbolla de Sepúlveda, y Don Josef
López García
Hasta aquí
un resumen de la vida de lo que fue un Santuario y una Comunidad franciscana
en un lugar de características eremíticas; refugio en el interior del Cañón
y espacios infinitos alrededor; búsqueda de las alturas celestiales desde lo
profundo del valle en un lugar donde la evocación de lo trascendente en el
silencio interior y contemplación de los espacios venía ciertamente
favorecida por lo mágico del entorno, para aquellos que se aventuraron a
vivir allí enriqueciéndose con el espíritu de libertad interior a través del
camino del desprendimiento y el desapego de lo material.
Pedro Hernando Arranz
Julio de 2003
Fuentes:
Archivo
Histórico Nacional
Archivo Provincial de Segovia
Archivo del Obispado de Segovia
Archivo de la Catedral de Segovia
Academia de Bellas Artes de San Fernando
D. Donato (Villaseca)